“Capacidad destructiva de la humanidad ha aumentado hasta niveles inimaginables y sus principales gestores propician la ‘doctrina del shock’ para instrumentar en la pos-pandemia”

Gilberto Lopes de Castro

POR FERNANDO ARELLANO ORTIZ /

Crisis política del mundo moderno (Uruk Editores, San José de Costa Rica, 2020) es el título del riguroso trabajo bibliográfico del historiador, politólogo, escritor y periodista brasileño-costarricense, Gilberto Lopes de Castro (Río de Janeiro, 1948), quien con singular estilo en el que sobresale la amenidad y la reflexión crítica sobre la sociedad capitalista, nos aproxima a lo que ha significado para el mundo el movimiento cultural de la Ilustración surgido en el siglo XVIII que inspiró profundos cambios políticos y sociales, entre ellos la Revolución Francesa de 1789.

Como bien lo señala el prologuista del libro, el historiador costarricense David Díaz Arias, el autor nos explica de manera detallada “cómo se mudaron en monstruos los sueños de la Ilustración”, para lo cual echa mano de dos filósofos judío-alemanes de la Escuela de Frankfurt, Max Horkheimer y Theodor Adorno, cuyo pensamiento lo articula con el del gran latinoamericanista Vicente Sáenz Rojas (San José de Costa Rica, 1896-1963), infortunadamente poco conocido en nuestro ámbito continental.

Esta sugerente investigación realizada por Lopes de Castro como tesis para optar el doctorado en Estudios de la Sociedad y la Cultura que luego fue estructurada y editada como libro pone en cuestión la validez de los elementos filosóficos de la Ilustración que le dieron sustento al sistema capitalista. A tal punto que de manera crítica plantea que la especie humana “no sobrevivirá si la barbarie de la Ilustración triunfa”. Es decir, que si los valores en los que se funda un sistema económico depredador, ambicioso y voraz como el capitalista se enraízan aún más, terminarán por arrasar el planeta.

Ante este oscuro horizonte, el autor trayendo a colación las reflexiones de Vicente Sáenz sugiere revertirlo mediante la fuerza del antiimperialismo, una economía dirigida en beneficio de las grandes mayorías, la vigorosa movilización social, y por la paz de una identidad compartida.

Lopes de Castro, quien semanalmente y con ojo avizor nos comparte amablemente sus análisis sobre la geopolítica mundial para los lectores del Observatorio Sociopolítico Latinoamericano www.cronicon.net, aceptó este diálogo periodístico que tiene como propósito aproximarnos a algunos aspectos de su interesante trabajo de investigación.

Modernidad, capitalismo y democracia

De la lectura de tu libro se puede colegir que el movimiento de la Ilustración, que surge en el siglo XVIII y le da sustento a la modernidad (capitalista), termina siendo una gran frustración porque conduce a una sociedad totalitaria. ¿Por qué se llega a tal fracaso?

La Ilustración, ese movimiento surgido en el siglo XVIII, el Siglo de las Luces, al calor de los grandes descubrimientos científicos y de las revoluciones que ponían fin al poder del viejo orden feudal, que nacía junto con el creciente poder de la burguesía, pretendía introducir la razón en el mundo. Presentía que con el dominio de la naturaleza se iniciaba una era de progreso que se podría explicar por el conocimiento científico, que ya no necesitaríamos ninguna forma de pensamiento mágico para entender ni la naturaleza ni el orden social en que vivíamos. Eso incluía la religión.

No se puede hacer aquí una historia de la Ilustración; tarea que, por lo demás, está más allá de mis capacidades. Pero, para responder a tu pregunta, me parece necesario vincular el surgimiento de la Ilustración al pensamiento liberal –de Locke, de Hume, de Adam Smith; de la Enciclopedia, de la que Diderot y D’Alembert fueron los grandes editores– y que, finalmente, Kant definió en un artículo: Qué es la Ilustración, publicado en 1784 (ya había publicado su Crítica de la razón pura). ¡Atrévase a pensar!, ¡Ten el valor de usar tu propia razón!, decía Kant, con el convencimiento de que no necesitábamos otra cosa para entender el mundo.

Pero la pregunta surge, en todo caso, de tu lectura del libro que acabo de publicar Crisis política del mundo moderno. No se trata, como se puede percibir, de un libro sobre la Ilustración, aunque al referirse al “mundo moderno” no se puede, desde mi punto de vista, obviar del todo la referencia a ese movimiento.

Sobre todo porque el libro se construye a partir de dos visiones: la de los filósofos alemanes Max Horkheimer y Theodor Adorno, las dos grandes figuras de la llamada Escuela de Frankfurt, y la de un autor costarricense, Vicente Sáenz (que, creo, podemos calificar también de “ilustrado”, a partir de una visión profundamente latinoamericana).

De Horkheimer y Adorno partimos de un texto –para mí– notable: La dialéctica de la Ilustración. De Sáenz recorremos gran parte de su extensa obra, que hurga en los grandes temas políticos de su época, la misma de los dos alemanes. Unos 40 años, más o menos, desde la segunda década del siglo pasado hasta los años 60. O sea, un par de siglos después la época de la Ilustración. Si Diderot y D’Alembert escribían a mediados del siglo XVIII, nuestros autores lo hacen a partir de la primera mitad del siglo XX.

Dos judíos alemanes que ven implantarse el nazismo en su país, lo que los obliga a refugiarse fuera de Alemania. Y un latinoamericano que ve, desde otro escenario, una injusta política de abusos económicos y de dictaduras políticas, siempre en nombre de la democracia y la libertad.

Frente a esa realidad, tres hombres brillantes tratan de explicarse por qué la humanidad, lejos de entrar en un estado que llaman de “verdaderamente humano”, se hunde en un nuevo género de barbarie”.

La Dialéctica de la Ilustración es un texto que busca esa respuesta. ¿La encuentra? Yo diría que no. Se sumerge en la perplejidad. Ven el afán de dominio en el origen de la Ilustración (me parece que no podía ser de otra manera, ya que la Ilustración nace animada por un orden capitalista que surge de las entrañas del feudalismo). Dominio de la naturaleza y de los seres humanos.

Están viendo el mundo con los lentes del nazismo que surge en su país, mientras Sáenz lo ve con los lentes que iluminan la dominación norteamericana América Latina.

La construcción misma de los Estados Unidos fue la expresión más acabada de ese dominio sobre la naturaleza y los seres humanos, algo a lo que hago referencia en mi libro.

Es en ese escenario –y hago solo una brevísima mención al tema– que otro alemán, muy cercano de la Escuela de Frankfurt, Walter Benjamin, nos advertía contra los riesgos de la idea de “progreso”, de la que nos sugería salirnos.

En fin, la respuesta podría extenderse, pero el libro ya está escrito, así que me quedó aquí por ahora.

Max Horkheimer y Teodoro Adorno

“La Dialéctica de la Ilustración es un texto que busca esa respuesta. ¿La encuentra? Yo diría que no. Se sumerge en la perplejidad. Ven el afán de dominio en el origen de la Ilustración (me parece que no podía ser de otra manera, ya que la Ilustración nace animada por un orden capitalista que surge de las entrañas del feudalismo). Dominio de la naturaleza y de los seres humanos”

En ese mismo sentido, ¿la denominada “modernidad”, que según sus teóricos se sustenta en la razón, no deja de ser un espejismo, habida cuenta que buena parte de la humanidad aún vive en la premodernidad?

Entiendo que se pueda argumentar así. Pero parto de un punto de vista distinto. Identifico la modernidad con el capitalismo, con un orden económico y su correspondiente orden político, que llamamos “democracia”.

El capitalismo nació en Inglaterra a principios del período moderno. Una sociedad orientada a la producción de mercancías mediante la propiedad privada de los medios de producción. Un sistema que se ha venido desarrollado desde el siglo XVII. Solo en Inglaterra el capitalismo surgió como una economía nacional autóctona, como nos recuerda la extraordinaria historiadora estadounidense-canadiense Ellen Meiksins Wood, en su The pristine culture of capitalism (La prístina cultura del capitalismo). Después se fue extendiendo por el mundo, con la conquista española y portuguesa de América, imponiendo su sistema colonial en África, asentándose en América del norte, desde donde se expandió hacia el sur con su forma de imperialismo. Asia tuvo su desarrollo particular en ese proceso.

Ese es el “mundo moderno” al que hago referencia. ¿Que su desarrollo es muy desigual, que hay lugares en el mundo que parecen vivir en la premodernidad? Sí, es cierto, pero, desde mi punto de vista, el desarrollo capitalista deja apenas lugares sin tocar y una de sus características más perversas es precisamente esa enorme desigualdad que ha ido instaurando en el mundo, sin la cual no podría haberse desarrollado.

Modernidad, tal como la entiendo, es, por lo tanto, un concepto vinculado a la Ilustración y al liberalismo, a su fe en el progreso, al dominio de la naturaleza, al surgimiento del capitalismo.

Me gusta también insistir (eso lo traté extensamente en otro trabajo, El fin de la democracia, un dialogo entre Tocqueville y Marx) que está indisolublemente ligado a la democracia, un orden político que no se puede entender –ni superar– sin destacar su carácter liberal surgido del capitalismo. Se que en torno a eso existe un debate inagotable, porque “democracia” es un concepto que ha terminado siendo identificado con la idea de libertad, sobre todo en América Latina, donde en la segunda mitad del siglo pasado luchábamos contra dictaduras militares en nombre de la “democracia”. Es una misma palabra, bajo la que se cobijan prácticamente todas las corrientes políticas modernas, y que cada una entiende a su manera.

Un tal concepto no sirve para el análisis del desarrollo histórico de larga duración y sus características tienen que ser relacionadas con el orden económico y social que le dio origen: el capitalismo. Benjamin habla  del “ocaso de la modernidad capitalista”, en su texto Sobre el concepto de historia. Me gusta mucho esa idea de ocaso de la modernidad capitalista. Pero ese es otro debate…

“Ese es el “mundo moderno” al que hago referencia. ¿Que su desarrollo es muy desigual, que hay lugares en el mundo que parecen vivir en la premodernidad? Sí, es cierto, pero, desde mi punto de vista, el desarrollo capitalista deja apenas lugares sin tocar y una de sus características más perversas es precisamente esa enorme desigualdad que ha ido instaurando en el mundo, sin la cual no podría haberse desarrollado”

“El enemigo no ha cesado de vencer”

El pormenorizado análisis que haces del alcance del libro Dialéctica de la Ilustración de Horkheimer y Adorno termina dándole la razón al también filósofo alemán Walter Benjamin en el sentido de que el “progreso es la historia de la barbarie”. ¿Estás de acuerdo con esa conclusión?

Benjamin es un autor muy original. No siempre fácil de seguir. Una mente atormentada, que terminó por buscar su liberación una noche solitaria de septiembre, en 1940, al inicio de la II Guerra Mundial, en Port Bou, en la costa catalana, donde se suicidó, fracasado su intento desesperado por llegar a Lisboa para embarcar hacia Norteamérica, donde lo esperaba su amigo Adorno.

Bolívar Echeverría nos recuerda que “las reflexiones de Benjamin sobre historia pertenecen a ese género escaso de los escritos de náufragos, del cual su naufragio no es más que una alegoría”. Es un fracaso completo, de un mundo, de una época. Un sueño que comenzó a adquirir su perfil a finales del siglo XVIII, el Siglo de las Luces, se desvaneció con la II Guerra Mundial. Dio paso al Siglo de las Tinieblas.

Pero Benjamin nos advierte: “tampoco los muertos están a salvo del enemigo, si este vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer”.

No parece arriesgado decir hoy que el enemigo no ha cesado de vencer. Benjamin nos había advertido. Parecía perdida toda esperanza. Veía el efecto que el producto del trabajo ejercía sobre los trabajadores cuando estos no podían disponer de él. Como sigue siendo hoy, multiplicado por mil.

Solo percibíamos los progresos del dominio sobre la naturaleza, pero no los retrocesos de la sociedad. Y Benjamin lo reclamaba. Aspiración al dominio de la naturaleza y de los seres humanos, como denunciaban Horkheimer y Adorno en la Dialéctica de la Ilustración.

La crítica del progreso del género humano, como un movimiento histórico durante un tiempo homogéneo y vacío, debía constituir “el fundamento de la crítica de la idea de progreso en general”, decía Benjamin. La creencia en el progreso pertenece al modo de pensamiento mítico, nos advertía en el Libro de los pasajes. Y mientras haya un mendigo –agregaba– habrá mito.

Ya están aquí planteadas todas las dudas, todos los riesgos. ¿Progreso alimentado por un consumo sin límites de la naturaleza? Es evidente que estamos enfrentando ya a algunos límites. Pero es una cosa muy distinta saber dónde están, exactamente, esos límites y, sobre todo, si podemos parar nuestras máquinas antes de llegar ahí. Salirnos del progreso, como planteaba Benjamin.

Es difícil imaginarlo, pero también es difícil imaginar qué pasará si no lo logramos.

Un pensador de dimensión continental

Y ahí entra el gran latinoamericanista Vicente Sáenz. Con justicia reivindicas su obra y pensamiento en tu trabajo bibliográfico, resaltando su reflexión según la cual el capitalismo, tras la Segunda Guerra Mundial, es un orden social agotado. La prolongación de este sistema ha generado toda una crisis civilizatoria que estamos padeciendo. ¿Se puede afirmar que el modelo neoliberal, que tanto daño social ha generado, es heredero del movimiento de la Ilustración y de la modernidad?

Déjame empezar con una breve referencia a Sáenz. Pensador notable, en mi criterio, de dimensión continental, este costarricense nacido en 1986 y muerto en México, en 1963, nos dejó una vasta obra. Son 27 libros, decenas de artículos, revistas, todo profundamente comprometido con una visión bien construida sobre el lugar de América Latina en el escenario mundial. Toda su obra está hoy disponible en versión digital en la página de la Biblioteca Nacional de Costa Rica.

Su obra más conocida en aquellos años fue Rompiendo Cadenas, cuya primera edición es de 1933 y que llevaba como subtítulo “las del imperialismo en Centro América y en otras repúblicas del continente”. El mundo vivía el derrumbe financiero iniciado en 1929 y a Sáenz le parecía hora propicia para que América Latina rompiera viejas cadenas. En el prólogo de su libro cita al entonces embajador de Estados Unidos en México, Josephus Daniels, en la inauguración de los cursos de la Escuela superior norteamericana en la capital mexicana. Daniels decía:

La riqueza del mundo actual no pertenece a los que trabajan largas horas para producirla. Ha sido acaparada en tal forma en Estados Unidos (e indudablemente ocurre lo mismo en otros países), que los amos de las finanzas, siendo pocos en número, poseen las tres cuartas partes de toda la riqueza que la inteligencia y el trabajo del hombre han creado. Esto deja una porción relativamente pequeña para la inmensa mayoría de asalariados, cuyo sacrificio ha hecho posible la prosperidad que monopolizan unos cuantos favorecidos.

“No parece arriesgado decir hoy que el enemigo no ha cesado de vencer. Benjamin nos había advertido. Parecía perdida toda esperanza. Veía el efecto que el producto del trabajo ejercía sobre los trabajadores cuando estos no podían disponer de él. Como sigue siendo hoy, multiplicado por mil”

Es un tema reiterado en su obra. Yo diría que era una visión precursora de ese proceso de concentración de la riqueza de la que el neoliberalismo es expresión superlativa.

El debate sobre el neoliberalismo es inagotable. Ha hecho correr ríos de tinta. De todo ese caudal me permito sugerir la visión expresada por Quinn Slobodian en su notable Globalists. Ahí afirma que el inicio de este proyecto tiene sus raíces en las propuestas de un pequeño grupo de intelectuales de Europa central (que Slobodian llamó “La Escuela de Ginebra”), entre ellos Friedrich Hayek y Ludwig von Mises, presentadas después de la I Guerra Mundial. El sueño era construir un mundo integrado, organizado de modo tal que el capital pudiera fluir libremente. Un mundo en el que los derechos de propiedad estuvieran a salvo de los controles de los gobiernos y de la democracia de masas.

Me parece particularmente lúcida la propuesta de Solobidian, entre otras cosas porque insiste en dejar de lado los análisis que contraponen los conceptos de Estado y mercado. Se trataba, más bien, de asegurar la implantación de normas que ordenaran el mundo de acuerdo con los intereses del capital.

Me parece que tiene razón y que, con altos y bajos, esto se fue haciendo, sobre todo a partir de la II Guerra Mundial, bajo el control de Estados Unidos, la potencia que surgió fortalecida de ese conflicto. El proceso ganó velocidad después del derrumbe del socialismo del este europeo y el fin de la Unión Soviética. Entonces dos figuras –el presidente Ronald Reagan, en Estados Unidos, y la primera ministra, Margaret Thatcher, en Inglaterra– resumían su propuesta asegurando que no había alternativas.

Y el mundo se fue organizando, sin grandes contrapesos, de acuerdo con esos intereses, expresados en organismos como la Organización Mundial de Comercio y en las instituciones financieras internacionales, hasta culminar en las normas draconianas de los Tratados de Libre Comercio.

En América Latina se extendió la idea de que realmente no había alternativa y nuestros políticos más conservadores se prestaron para cumplir esa tarea que terminó empujando nuestro mundo a extremos de concentración de la riqueza que Sáenz ya vislumbraba, pero que –creo– nunca pudo imaginar llevada a tales niveles.

Fascismo y nazismo son engendros de un orden capitalista de raíz liberal

Siguiendo con Sáenz, este sistema económico y social agotado, del que hablaba el intelectual costarricense, ¿fue el que dio origen a los totalitarismos como el fascismo y el nazismo?

No hay duda de que el fascismo y el nazismo son engendros de un orden capitalista de raíz liberal. Fue el liberalismo –cuya naturaleza económica era la fundamental, como destacaba Sáenz– el que alimentó esos regímenes. Si queremos imágenes más recientes sobre esto, probablemente haya pocas más ilustrativas que las de Hayek, o de Milton Friedman, asesorando a Pinochet en Chile.

Como dijo Hayek al diario chileno El Mercurio (un medio conservador que promovió y apoyó el golpe contra Allende y la dictadura de Pinochet), durante una visita a Chile en 1981: “Mi preferencia personal se inclina por una dictadura liberal y no por un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente”.

He hecho una referencia a artículos de Sáenz en revistas. En realidad él fundó, en 1935, en San José, la revista Liberación, que publicó durante dos años. En su primer número, de septiembre de ese año, reproduce el artículo “América Latina frente al desequilibrio económico mundial”, que había publicado unos meses antes en México. Ya estaban los nazis en el poder en Alemania y se acercaba el inicio de la II Guerra Mundial.

Tragedia ha de llamarse lo que nos ha tocado vivir, dice Sáenz. Honda tragedia humana. Tragedia material y tragedia moral. La humanidad atormentada miraba con angustia hacia todos los rumbos, necesitaba orientarse. Los dirigentes capitalistas buscan soluciones, “pretenden evitar el peligro reforzando con débiles viguetas la cuarteada estructura: fascismo, nazismo, nuevo trato”. Es decir, dice Sáenz:

transformación del sistema aparentemente democrático del capitalismo industrial y financiero anterior a la guerra de 1914, en agresiva dictadura burguesa y estatal, con vistosa indumentaria nacionalista y con fraseología grata al proletariado, de manera que pueda lanzarse a una nueva matanza en defensa de los grandes intereses que han venido explotando, y que lo tiene sumido en desesperación sin precedentes.

Sobre este tema no quisiera dejar de referirme a otro autor, que trato también en el libro, y que me parece notable. Se trata de Franz Neumann, del entorno de la Escuela de Frankfurt, autor de un libro indispensable para el análisis de la economía alemana bajo el régimen nazi: Behemoth. Neumann es también autor de Democratic and Authoritarian State, además de haber integrado, junto con Herbert Marcuse y Otto Kirchheimer, una unidad secreta del ejército norteamericano que trataba de reflexionar e imaginar de qué forma organizar la Alemania posnazi. Pensaban que era indispensable desarmar la base económica del nazismo. Pero no tuvieron éxito. Los grandes intereses económicos, que dieron sustento al nazismo –como lo demostró Neumann– no solo hicieron buenos negocios con los norteamericanos, sino que muchos sobreviven hasta hoy haciendo muy buenos negocios en el mundo neoliberal del capitalismo.

“No hay duda de que el fascismo y el nazismo son engendros de un orden capitalista de raíz liberal. Fue el liberalismo –cuya naturaleza económica era la fundamental, como destacaba Sáenz– el que alimentó esos regímenes. Si queremos imágenes más recientes sobre esto, probablemente haya pocas más ilustrativas que las de Hayek, o de Milton Friedman, asesorando a Pinochet en Chile”

Arendt y la contradicción entre capitalismo y socialismo

Arendt

Hablando de totalitarismos, en tu libro desmitificas a la filósofa alemana-estadounidense Hannah Arendt por tratar de hacer una homologación entre nazismo y comunismo, no obstante la etapa del estalinismo con sus gulag y las purgas. ¿Por qué consideras que es inaceptable hacer tal comparación?

Por muchas razones y naturalmente no podré aquí extenderme del mismo modo que lo hago en el libro. Lo que argumento es mi desacuerdo con la propuesta de Arendt de que la gran disyuntiva de nuestra época es entre democracia y totalitarismo. Todo mi libro está orientado a mostrar otra cosa: que la gran contradicción de esta época es entre capitalismo y socialismo. De ahí parte mi abordaje (y mi crítica) a este texto de Arent, Los orígenes del totalitarismo.

Ahora bien, la crítica aborda diversos aspectos, tanto de fondo como de forma. Para eso revisé con cuidado los antecedentes con los que Arendt construye lo que, para mí, es una ficción: la supuesta admiración y cercanía entre Hitler y Stalin.

Lo cierto es que en los años previos al estallido de la guerra, en septiembre de 1939, con la invasión de las tropas alemanas a Polonia, los líderes de Inglaterra y Francia todavía soñaban con evitar la guerra, que Hitler dirigiera sus tropas hacia la URSS. Un año antes, los líderes ingleses y franceses habían firmado con Hitler el Pacto de Múnich, entregándoles los Sudetes, siempre con la esperanza de desviar las tropas alemanas hacia el este.

Es en medio de esas negociaciones que se da el pacto Ribentrop-Molotov de no agresión, firmado un mes antes de la invasión de Polonia por los nazis y los soviéticos, al que se agregaron cláusulas secretas relativas a territorio polaco y otros. Todo eso fue fundamental para el surgimiento de teorías que buscaban acercar los soviéticos a los nazis.

Sáenz trató esos temas en detalle y yo vuelvo sobre ellos en el libro. Arendt saca de esos hechos conclusiones difíciles de sustentar con los antecedentes históricos en la mano. Desarrolla toda una teoría sobre la ingenuidad de las democracias, otra sobre la naturaleza del imperialismo o la conformación de la idea de raza a partir de al colonización de África; rastrea el origen del “pangermanismo” y el “paneslavismo”, donde encuentra los fundamentos del orden totalitario alemán y ruso, sobre los cuales construye luego su idea de totalitarismo.

La argumentación de Arendt –como creo demostrarlo en el libro– contradice los antecedentes históricos. Pero no solo eso. La filósofa alemana tergiversa citas de autores a los que acude pero cita de forma parcial, sacando conclusiones opuestas a lo que esos mismos autores argumentan. Todo eso está tratado detalladamente en el libro y no puedo reconstruirlo todo aquí sin extenderme demasiado.

Pero me preguntas por qué considero inaceptable la comparación entre el régimen soviético y el nazi. Son evidentes los intereses políticos tan distintos que cada uno defendía. ¿Cómo argumentar que nazis y soviéticos fundaban en las mismas clases sociales y en los mismos intereses económicos sus políticas? No es posible, por lo menos con los antecedentes históricos en la mano.

Pero ciertamente, a Arendt no le importaba eso. Para ella lo decisivo era el carácter totalitario de ambos. Pero aún ahí hay algo que me gustaría destacar. En la argumentación de Arendt hay un hecho fundamental, que considero deshonesto. Para ella, el régimen nazi era totalitario, algo que poca gente pondrá en duda. Pero no saca de esa afirmación la conclusión de que el capitalismo es totalitario, sino que eso sería solo una excrecencia. Pero de su texto se concluye que el carácter totalitario del régimen de Stalin es una característica del socialismo. Las repercusiones de una tal propuesta caían como anillo al dedo al debate propio de la Guerra Fría que, tal como lo planteo, fue la tercera guerra del siglo pasado en la que dos sistemas –el capitalismo y el socialismo– se enfrentaban. Naturalmente, con características propias en cada una de ellas.

Documentas en tu libro que el fascismo veía con cierta envidia el “espacio vital” definido por la Doctrina Monroe en 1823, que se sintetiza en la famosa frase “América para los (norte)americanos”. Ante el declive y desprestigio de esta potencia imperial comandada desde Washington, ¿podríamos sostener, tratando de hacer un balance histórico, que tras el fascismo y el nazismo, se consolidó otro totalitarismo? ¿Una especie de IV Reich, encarnado en los Estados Unidos?

Yo no diría eso. No se trata de un IV Reich. Lo que digo en el libro es que, más interesante que lo sugerido por Arendt sobre la simpatía de Hitler por Stalin, es una referencia del historiador británico Adam Tooze, cuando dice que los fascistas y nazistas sentían una cierta envidia por el “espacio vital” que los norteamericanos tenían a su disposición en este hemisferio. Un espacio que no hace frontera con ningún enemigo.

Es otro científico social, Reto Hofmann, el que nos recuerda el interés de los fascistas italianos de replicar la Doctrina Monroe, con la que los norteamericanos reivindicaron su dominio sobre el hemisferio desde el siglo XIX.

Es en el debate sobre las propuestas de Arendt respecto a la supuesta relación de Hitler con Stalin donde traigo a colación las referencias de esos historiadores que –me parece– tienen mucho más sentido.

Pero sobre el tema podemos acudir, de nuevo, a Vicente Sáenz, que dedica gran parte de su obra a las relaciones de América Latina con Estados Unidos. Las trata en uno de sus primeros libros, donde me parece que ya está planteada con claridad su visión de mundo. Se trata de Norteamericanización de Centroamérica, publicado en 1925. Ya entonces Sáenz analizaba el problema de la deuda externa y los manejos con los que, sobre todo los empresarios norteamericanos, transformaban bonos totalmente desvalorizados de viejos préstamos ingleses y franceses en valores recapitalizados, a los que se sumaban intereses que nuestros países se comprometían a pagar poniendo como garantía las rentas nacionales. Todo esto que vemos hoy tiene raíces profundas, que la obra de Sáenz ayuda a entender.

Luego, en 1955, publica América hoy como ayer. El título ya indica la intención. Sin reformas profundas –decía– vamos a continuar “bajo el dominio creciente de insaciables corporaciones extranjeras”.

Nos urgía ir a lo que denominaba “lo básico”, “lo esencial”. Hablaba de una urgente transformación de nuestra economía; de que México, gran proveedor de la producción metálica mundial, hiciera un uso revolucionario de su ley de subsuelo. De que el petróleo, las maderas preciosas, el banano de Centroamérica, el azúcar de Cuba, el salitre y el cobre de Chile; en fin, todas nuestras riquezas naturales, “no vayan a engrosar únicamente los caudales del accionista de Londres o de Nueva York”.

Sáez hace referencia a una gira que hizo Richard Nixon, entonces vicepresidente de los Estados Unidos durante el gobierno del general Eisenhower (1953-61), a América Latina, interesado en “reducir las barreras de intercambio” (tarea lograda finalmente con mucho éxito con los tratados de libre comercio) y estimular las inversiones norteamericanas en la región.

¿Por qué les parecía importante eso? Porque “lo que les ayuda a ellos nos ayuda a nosotros”, decía. “Cada dólar que gastamos o invertimos en Latinoamérica, regresa y se gasta en los Estados Unidos”.

Corto se quedó el joven vicepresidente –dijo Sáenz–, pues cada dólar (dólar papel o dólar crédito) “regresa a Norteamérica multiplicado y a veces convertido en oro”.

Para eso, mientras se implantaban nuevos regímenes políticos en los países del eje derrotados, se imponía en América Latina dictaduras militares en nombre del anticomunismo, siempre invocando la libertad y la democracia.

“La Ilustración se propuso liberar a la humanidad de los prejuicios, fundar su desarrollo en la razón. En la medida en que nos adentrábamos en los secretos de la naturaleza (casi) todo parecía posible. Pero no resultó así”

Haces énfasis en que la Segunda Guerra Mundial terminó por consolidar un modelo a todas luces inequitativo y depredador. La economía, que es la esencia de la política, no se modificó tras la derrota del nazismo. Por el contrario, Estados Unidos terminó aliándose con sus antiguos enemigos (Alemania y Japón, principalmente) para consolidar este sistema económico. ¿Cómo se puede explicar, a la luz de la historia, esta aparente paradoja?

Trabajando en la elaboración del texto que ha dado origen a esta entrevista me encontré con un documento que me sorprendió. Ya había oído hablar del tema, pero no me había detenido en él con cuidado. Se trata del un texto que recoge, según dice en su portada, “la contribución de la Escuela de Frankfurt a los esfuerzos de guerra”. Se había conformado un equipo integrado por tres de sus miembros –Franz Neumann, Herbert Marcuse y Otto Kirchheimer–, que integraban la Research and Analysis Branch de la Office of Strategic Services (OSS), una oficina de inteligencia encargada de pensar como organizar la vida política y administrativa alemana después de la guerra, que funcionó durante seis años, de 1943 a 1949, cuando fue cerrada.

Los tres rechazaban la visión del primer ministro inglés Winston Churchill, para quien el nacionalsocialismo no era más que una nueva versión del militarismo prusiano, que los había llevado a la I Guerra Mundial. De esa visión derivaba otra, muy importante: de que bastaba desarmar a Alemania para extirpar las raíces del mal.

Sus investigaciones los llevaron a comprobar que no había mucho de ese militarismo prusiano en las propuestas del nacionalsocialismo y sí mucho de las políticas de la burguesía industrial alemana. Muchos de los más activos partidarios del nacionalsocialismo eran grandes banqueros y capitanes de industria, por lo que los tres investigadores alemanes insistían en la necesidad de desarticular ese poder financiero, industrial y económico, para construir la nueva Alemania.

Como se sabe, no tuvieron éxito, y ya durante la guerra grandes empresas norteamericanas hacían negocios con sus similares alemanas. Un proceso que continuó y se intensificó después de la guerra.

Esa historia de la contribución de la Escuela de Frankfurt a los esfuerzos de guerra contra los nazis, recogida en ese largo texto titulado Secret Reports on nazi Germany, esconde una parte importante de los secretos del mundo de posguerra.

Siguiendo con las paradojas, el liderazgo que consolidó Estados Unidos tras esta guerra mundial que se tornó en un supuesto triunfo del “mundo libre”, originó la Guerra Fría y con ella lo que significó para América Latina: la imposición de dictaduras por parte de Washington a lo largo y ancho del continente que, por su naturaleza opresiva, no se pueden calificar de otro modo que de nazi-fascistas. De esta manera, ¿Latinoamérica ha sido víctima, durante buena parte del siglo XX y de lo que llevamos de esta nueva centuria, de un régimen totalitario en lo político mediante la promoción de regímenes antidemocráticos desde la Casa Blanca? ¿Y, en lo económico, de la implementación del Consenso de Washington, con su inhumano y destructivo modelo neoliberal?

La pregunta hace referencia a la promoción de regímenes antidemocráticos en América Latina por parte de la Casa Blanca. Sáenz vuelve al tema en otro de sus libros, Auscultación Hispanoamericana, publicado en 1954.

Ya entonces, en plena Guerra Fría, apenas firmado el armisticio que puso fin a la confrontación militar en Corea, Sáenz percibía cómo se iban imponiendo en América Latina las dictaduras aliadas de Washington, en nombre del anticomunismo.

No acepta la disyuntiva en que se nos quería aprisionar. “Desorientados y aturdidos los pueblos con las nuevas e insinceras propagandas de democracia o comunismo –como si sólo hubiera los dos extremos de Wall Street y de Moscú–, se encuentra otra vez Hispanoamérica”, afirma en su libro ya citado.

Se lamenta de que nos encontramos, en las repúblicas hispanoamericanas, “frente al dilema de que atacar al fascismo y a la dictadura en nuestro medio es lo mismo que defender a Rusia”. O de que hablar “con frases del presidente Roosevelt y con puntos concretos de la Carta del Atlántico, no es otra cosa que declararse uno comunista y ofender a los Estados Unidos”.

Sáenz fue siempre muy insistente contra lo que llamaba la “farsa del anticomunismo”. Todo intento de política independiente, de protección de nuestros recursos naturales, eran atacados con el pretexto de la lucha contra el comunismo. Ocurrió así con la nacionalización del petróleo por Lázaro Cárdenas, en México, en 1938, o con el golpe de Estado con que Estados Unidos derrocó a Jacobo Árbenz, en Guatemala, en 1954, para citar solo dos ejemplos. Las consecuencias de este golpe de Estado son todavía dramáticas, en un país sometido hasta hoy a la crueldad y arbitrariedad de un pequeño grupo rico y poderoso y de su ejército, en medio de una enorme pobreza de la gran mayoría de su población.

“De modo que la democracia, a juzgar por los vientos que soplan en el mundo, no puede concebirse sino como anticomunismo”, había dicho Sáenz, ya en 1954. Por lo que se refiere a nuestra América –agregó– los más grandes demócratas han de ser los que, a vozarrón en cuello, “proclamen su infracálido anticomunismo, supriman a los partidos mayoritarios, asesinen, encarcelen o destierren a sus opositores”.

En la década siguiente, luego del triunfo de Fidel Castro en Cuba, en 1959, se multiplicaron los golpes de Estado en América del Sur. Hasta el de septiembre de 1973, llevado a cabo por el ejército chileno, con el apoyo del entonces presidente Nixon y de su consejero de Seguridad Nacional (y luego Secretario de Estado), Henry Kissinger, que contribuyeron a crear las condiciones para transformar la economía chilena en un caos que facilitara el golpe.

Luego vino el derrumbe del socialismo del este europeo y el fin de la Unión Soviética, en 1991. Y en todo el mundo se extendió un modelo que respondía a los intereses de los grandes capitales –el sueño de la Escuela de Ginebra, de la que hablaba Slobodian–, de privatizaciones y apertura de las economías, apoyadas por los organismos financieros internacionales, por el crecimiento de la deuda y la aplicación de políticas de austeridad que han terminado por conducir el mundo a este estado de tensiones y falencias que la pandemia de la Covid-19 ha, finalmente, desnudado.

Gilberto Lopes

Necesidad de la movilización popular

El capitalismo no se derrumba solo. Se precisa navegar, como aconseja Pessoa (a quien traes muy atinadamente al final de tu libro), si se quiere sobrevivir. ¿Crees que hay posibilidades ciertas para superar la crisis política del mundo moderno? ¿O, por el contrario, la humanidad aún no encuentra una brújula?

La Ilustración se propuso liberar a la humanidad de los prejuicios, fundar su desarrollo en la razón. En la medida en que nos adentrábamos en los secretos de la naturaleza (casi) todo parecía posible. Pero no resultó así. Como ya lo señalé, la Dialéctica de la Ilustración es expresión de esa perplejidad. Lo que nos habíamos propuesto –decían Horkheimer y Adorno en su libro– “era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, se hunde en un nuevo género de barbarie”.

Era la voz de dos judíos alemanes que había tenido que buscar refugio huyendo de la amenaza nazi.

Del mismo modo, Sáenz percibía como tragedia lo que le tocaba vivir. Tragedia humana que trituraba el cuerpo y el espíritu. Hay productos en abundancia en el mundo, pero no se reparten con justicia, decía.

Todo eso ocurrió a mediados del siglo pasado. Han pasado unos 70 años desde entonces. La “razón”, que la Ilustración pretendía introducir en el mundo, no se reveló mejor instrumento que otros para enfrentar las demandas de justicia de la humanidad. Con la Ilustración ya venía el afán de dominio, señalaban Horkheimer y Adorno. Dominio de la naturaleza y de los demás seres humanos.

Pero, al mismo tiempo, no hemos cesado de luchar. No hace mucho el boliviano Álvaro García Linera decía:

El espacio de posibilidades está abierto. Por lo general, las sociedades tienen una manera de imaginar el futuro. Lo que prevaleció en el mundo en estos últimos 40 años, a excepción de América Latina, ha sido el porvenir como una repetición de lo que teníamos. La idea de un mundo globalizado, con libre mercado, elecciones cada cinco años, pérdida de los derechos en silencio, creer que uno puede ser rico en base al esfuerzo personal. Eso se ha detenido; esa imagen de futuro comienza a resquebrajarse porque no lo vemos claro. Esa narrativa imaginaria del porvenir comienza a mostrar fallas y debilidades.

Me gusta esa formulación. No es la única, desde luego. Abundan los esfuerzos por aclararnos las metas y los métodos. Pero es cierto que no es una época particularmente lúcida. Hay muchos temores. Nuestra capacidad destructiva ha aumentado hasta niveles inimaginables hasta hace poco tiempo. Quizás debimos hacerle caso a Benjamin, cuando nos pedía salirnos del progreso.

Pero no estoy seguro siquiera de que sepamos como hacerlo. Mientras escribía estas notas, llegaban nuevas reflexiones. Esta vez, del argentino Claudio KatzPercibe una crisis de la derecha en América Latina, del proyecto de restauración conservadora que sucedió al ciclo progresista.

Las principales figuras de ese ciclo conservador han perdido brillo: Piñera gestiona en soledad, en Chile; Añez elude los tribunales, en Bolivia; Uribe pasó varias semanas en prisión domiciliaria, en Colombia; Lenín Moreno prepara las valijas, en Ecuador; afirma Katz. La misma desventura –agrega– atraviesa Guaidó, en Venezuela, que se quedó sin cómplices; o su compatriota Macri, “que fantasea en soledad con un inverosímil retorno”.

“Pero esta crisis de la derecha no es sinónimo de ocaso del neoliberalismo. Ese modelo persiste con ensayos más devastadores”, agrega. “Sus gestores propician la ‘doctrina del shock’ para instrumentar en la pos-pandemia nuevas políticas de privatización, apertura comercial y desregulación laboral”.

Es así. Pero tampoco el “progresismo” ha encontrado un camino con el cual entusiasmar a las mayorías. En todo caso, coincido en que la experiencia de la crisis económica del 2009 “confirma que el neoliberalismo no desaparecerá por la simple presencia de la crisis o por la creciente regulación del estado. Su remoción requiere la movilización popular”.

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