
RESUMEN AGENCIAS /
A través de su política proteccionista con base en la defensa de su aparato productivo a través de la imposición de aranceles a las importaciones, el Gobierno estadounidense sepulta la globalización neoliberal, promovida desde los tiempos del ultraconservador Ronald Reagan en los años 80 del siglo pasado.
Washington ha intensificado una guerra comercial global lo que generará probablemente un efecto dominó en la economía mundial.
Los mercados mundiales, así como las grandes empresas tecnológicas, ya han respondido con fuertes caídas a las amplias medidas arancelarias anunciadas por el líder estadounidense.
El presidente Donald Trump presentó el pasado miércoles 2 de abril la lista de países que serán objeto de aranceles “recíprocos” (“ellos nos lo hacen a nosotros, y nosotros se lo hacemos a ellos”), así como la tasa que aplicará a cada uno.
En realidad, la decisión de abrir una guerra comercial global estableciendo nuevos aranceles a prácticamente todos los países del mundo puede constituir, a la larga, el error más importante en décadas de política comercial en Estados Unidos. En cualquier caso, lo que está claro es el mensaje que Trump pretende lanzar con esta decisión y, más importante todavía, el mundo que quiere construir en la nueva fase del proyecto imperial estadounidense.

México y Canadá, sus socios en el espacio de libre comercio de América del Norte, (T-MEC) quedaron libres, por ahora, de las tarifas generales, aunque seguirán pagando 25 por ciento en autos, acero, aluminio y derivados, rubros a los que se añadieron las cervezas y las latas de aluminio. Estas excepciones no son un gesto de buena voluntad del magnate republicano, sino el resultado del intenso trabajo efectuado por el Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum que presentó a Washington todas las pruebas de los beneficios de la relación comercial y del daño que los aranceles causarían a las empresas y los consumidores estadounidenses.
Para el resto del mundo, las tarifas van desde 10 por ciento a sus socios menos afectados hasta casi 50 por ciento en el caso del sudeste asiático, la región más castigada. A China, su mayor rival económico y geopolítico, le asignó una cuota de 34 por ciento, que se eleva a 54 por los aranceles previamente establecidos; mientras, a la Unión Europea (UE) le impuso un gravamen de 20 por ciento. No se salvan ni siquiera sus cómplices criminales como Israel o los gobiernos declaradamente alineados a la agenda trumpiana, como los de Argentina, El Salvador o Ecuador.
El aspecto más sorprendente de la lista es el ensañamiento con Asia, en particular con países del Indo-Pacífico a los que Washington ha cortejado por largo tiempo, a fin de mantenerlos lejos de la órbita china: Vietnam (46 por ciento), Taiwán (32), Japón (24), India (26), Corea del Sur (25), Tailandia (36), Indonesia (32), Malasia (24) o Filipinas (17). En varias de ellas, Estados Unidos posee bases militares; y los casos japonés, surcoreano y taiwanés resultan incomprensibles en tanto se golpea a los aliados más fiables de la Casa Blanca en su explícito deseo de contener el crecimiento de Pekín. La traición del magnate ya provocó un inaudito acercamiento de Tokio y Seúl con su poderoso vecino.
También destacan aspectos como la futilidad de muchas de las represalias, la incongruencia con sus propósitos manifiestos, así como el sadismo contra países con un desarrollo económico y humano muy bajo. En este sentido, sólo Trump pudo haber establecido aranceles de 44 por ciento a Myanmar en momentos en que el país se encuentra devastado por un terremoto, con miles de muertos y su capacidad productiva diezmada. Casos semejantes son los de tarifas a países cuya relación comercial con Estados Unidos es insignificante desde la perspectiva de la superpotencia: con Sri Lanka tiene un déficit importante porcentualmente, pero el monto es de apenas 2 mil 980 millones de dólares; Laos no le compra casi nada, pero el comercio total entre ellos es de 310 millones de dólares. Botsuana es ejemplo del absurdo de la “reciprocidad”. Sus exportaciones (por la irrisoria suma de 456 millones de dólares) a Estados Unidos consisten básicamente en diamantes, un recurso que éste no produce. Así, Trump encarece un bien sin que ello tenga manera de traducirse en un fortalecimiento de su industria. Para dimensionar estos montos, vale puntualizar que los integrantes del T-MEC intercambian mercancías por 6 millones de dólares cada minuto, es decir, 360 millones por hora y 8 mil 640 millones al día.
Este nuevo enfoque imperial trumpista, junto a su despiadada guerra arancelaria contra casi todos los países del mundo, tendrá consecuencias dentro del tablero geopolítico. La cruda brutalidad del jefe de la Casa Blanca evidencia el trato desigual, vejatorio y agresivo que Estados Unidos busca tener con sus aliados, como los países europeos. No cabe duda de que esta dinámica, en absoluto disimulada por Washington, alentará posiciones críticas con el hegemón en el seno de la comunidad internacional.
Trump y su secretario del Tesoro, Scott Bessent, nunca han ocultado que ven en los aranceles y en la preminencia del dólar herramientas de extorsión política. Meses antes de unirse a la administración republicana, Bessent propuso crear una suerte de semáforo arancelario en el que la dureza de las tarifas se basara en la adhesión a los intereses estadunidenses citando, por ejemplo, que podría castigarse a India hasta que dejara de comprar petróleo ruso. Esta postura puede explicar por qué los miembros del bloque BRICS se cuentan entre los más gravados y, de manera más general, refuerza la percepción de que la guerra comercial podría ser efímera y tener por objetivo real el logro de concesiones específicas, incluso a costa de erosionar alianzas históricas y echar a sus más estrechos colaboradores en brazos de sus enemigos.
Se prevé que en los próximos meses prevalecerán los efectos simples y llanos de la subida de precios –y, por tanto, de la reducción de la demanda– de los nuevos gravámenes aplicados a miles de bienes comprados y vendidos por consumidores y empresas de todo el planeta.
El rechazo a lo estadounidense crecerá con la guerra arancelaria desatada por Trump, pues la brutalidad imperial de Washington se muestra en todo su esplendor, sin elegantes protocolos que la disfracen.