Progresismo y economía del bienestar

POR JUAN J. PAZ Y MIÑO CEPEDA

El capitalismo es un sistema económico que nació con la primera revolución industrial a mediados del siglo XVIII. Durante largo tiempo la explotación a los trabajadores y la miseria de la mayoría de la población caracterizó a las sociedades europeas donde ese sistema se implantó. Por eso, durante el siglo XIX surgieron reformistas, utopistas y socialistas que buscaron cambiar las realidades capitalistas, acompañando al desarrollo de los movimientos obreros que con su lucha de clases lograron los primeros derechos laborales: salarios mínimos, jornadas máximas, sindicalización. Estos procesos también fueron determinantes para que el entonces imperio alemán bajo el canciller Otto von Bismarck, diera impulso a las leyes de seguro de enfermedad (1883), accidentes laborales (1884) y jubilación (1889), que son los más remotos antecedentes para la configuración de las economías de bienestar.

La Revolución rusa (1917) y sus logros en la construcción del socialismo, determinaron el segundo momento de cambios sociales en el capitalismo, ya que la seguridad social se difundió en Europa. Al mismo tiempo, en el período de entreguerras, el presidente Franklin D. Roosevelt impulsó el inédito New Deal, que implantó la economía del bienestar en los Estados Unidos. El tercer momento llegó después de la Segunda Guerra Mundial, con la generalizada implantación de los Estados de bienestar europeos, entre los que destacaron los países escandinavos (Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia, Islandia) por construir el modelo más avanzado y exitoso, que incluso se concibe como socialismo moderno.

Los ejes centrales de las economías de bienestar fueron: Estados reguladores de la economía que conviven con la empresa privada y el mercado; fuertes impuestos progresivos sobre las rentas para redistribuir la riqueza y financiar al Estado; universalidad de los servicios públicos gratuitos en educación, salud y seguridad social; amplios derechos sociales y laborales. Solo así los países europeos alcanzaron niveles de mejoramiento en la calidad de vida de sus poblaciones, con mayoritarias clases medias y disminución significativa de la pobreza. También Canadá avanzó en un sistema parecido, pero mejor que el alcanzado por los Estados Unidos, aunque ambos países tuvieron menor cobertura y beneficios que los países nórdicos europeos.

A partir del Gobierno de Ronald Reagan (1981-1989) los Estados Unidos abandonaron su economía de bienestar para implantar el neoliberalismo, lo que ocasionó la caída de las condiciones sociales, la desindustrialización y una inédita concentración de la riqueza. El neoliberalismo también penetró en Europa en el contexto de la globalización de la década de 1990. Allí se introdujeron privatizaciones parciales y la “flexiseguridad” laboral, que aflojó los contratos y una serie de derechos de los trabajadores, aunque no se abandonó la universalidad de los servicios públicos gratuitos ya establecidos, que se conservan en el presente y siempre destacándose los que tienen los países nórdicos, con los más altos estándares de vida en el mundo.

En América Latina no hubo revoluciones industriales, de modo que el capitalismo se asimiló tardíamente. Los primeros países que iniciaron procesos industriales que implantaron relaciones capitalistas fueron Argentina, Brasil, Chile y México durante la segunda mitad del siglo XIX; pero en el resto este sistema despegó lentamente y a distintos ritmos durante el siglo XX y los países más “atrasados” prácticamente solo en la segunda mitad, como ocurrió entre los centroamericanos, Bolivia y Ecuador. Pero, a diferencia de los procesos europeos, en la región el dominio político oligárquico, la concentración del poder económico en élites empresariales sin conciencia social, la dependencia frente a los países del capitalismo central y el injerencismo monroísta, son los factores esenciales que impidieron la construcción de economías del bienestar, exceptuando Argentina, Uruguay y Costa Rica, donde a mediados del siglo XX habían avanzado algunas bases de la economía social.

Cuando el neoliberalismo igualmente se implantó en América Latina durante las décadas finales del siglo XX no existían países con economías del bienestar comparables con las de Europa, pese a los adelantos provocados por el desarrollismo de las décadas de 1960 y 1970. De modo que el neoliberalismo se implantó en países donde no existía universalidad ni fortaleza de los servicios públicos en educación, salud y seguridad social.

La “moderna” ideología sirvió para achicar los Estados, privatizar lo público, destruir sus capacidades en la provisión de bienes y servicios, debilitar los sistemas tributarios y derrumbar tanto la seguridad social, sustituida por sistemas privados de afiliación y pensiones, como los derechos sociales y laborales, que han precarizado la vida de todo tipo de trabajadores y sus familias.

Fueron los gobiernos progresistas establecidos desde inicios del siglo XXI los que provocaron un cambio de rumbo en buena parte de los países latinoamericanos y recobraron, ahora con mayor claridad y firmeza que en el pasado, la vía de construcción de economías del bienestar, un desafío que sigue pendiente. Comprendieron que las condiciones históricas no son, por el momento, favorables a las idealizadas revoluciones socialistas capaces de derrumbar definitivamente el sistema capitalista. Y esto también lo han comprendido los distintos movimientos sociales. De manera que hay un amplio espectro de fuerzas que, a través de la vía electoral de las democracias liberales, buscan acceder al poder para llevar adelante un programa coincidente en los mismos puntos básicos característicos de las economías del bienestar, a los que se suman nuevos temas como las políticas ambientales, la igualdad de género, el reconocimiento de las diversidades y, sobre todo, las identidades propias de las nacionalidades indígenas o de las comunidades afroamericanas.

No tiene mayor sentido discutir si el progresismo, que expresa a las nuevas izquierdas latinoamericanas, es exclusivamente socialdemócrata, keynesiano o neo-desarrollista, no solo por caer en el reduccionismo conceptual, sino porque bien se podría encontrar principios que coinciden con todas esas corrientes e incluso con el marxismo contemporáneo.

Esta situación es particularmente visible en las elecciones de segunda vuelta en Ecuador, que se realizarán el 13 de abril (2025). Lo que se confronta, en la realidad, es un proyecto de economía social del bienestar (o del Buen Vivir, de acuerdo con los términos de la Constitución de 2008) frente a la economía oligárquica recuperada por tres gobiernos empresariales a partir de 2017.

Los grupos económicos más ricos y poderosos del Ecuador no están dispuestos a que cambie el modelo de economía neoliberal/libertaria que tanto daño ha ocasionado a la mayoría de la población nacional al privilegiar y reconcentrar ingresos en una élite simplemente rentista. Y aunque la candidatura reelectoral del magnate bananero y presidente Daniel Noboa no es del agrado de algunos sectores empresariales frustrados por su ineficacia gubernamental, la mentira elevada a “valor” de Estado y la corrupción, no hay duda de que todos le apoyan a fin de evitar que lo que ellos llaman “correísmo” retorne si triunfa la candidata Luisa González.

En América Latina el desenlace de las elecciones presidenciales ecuatorianas moviliza estudios, análisis y esperanzas, porque también se observa el perverso camino libertario de Argentina, que pretende constituirse en el “modelo ideal” para toda la región.

@JuanPazyMino

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